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“VILLA MANUELITA NO”: SOBERANIA VS. NEOLIBERALISMO

En la vasta historia que se puede recopilar de la tan afamada y reivindicada Resistencia Peronista, hay un hecho que describe el profundo sentimiento de emancipación que significaron los “días mas felices” del primer peronismo (considérese desde 1946 hasta la caída del Primer Plan Quinquenal), en detrimento del cipayismo reinante durante la larga noche liberal-oligárquica de la década de 1930. Esta postura, disruptiva y hasta revolucionaria, se engloba dentro de una sabia pintada en una pared del barrio de Villa Manuelita, al sur de Rosario y en pleno 1955, primeros meses del gobierno usurpador de la “Revolución Libertadora”, en la cual se dejaba leer : “los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la libertadora. Villa Manuelita no.” Dicha pintada dejaba en claro por un lado la postura europeísta de la derecha argentina y, por el otro, la decisión irrevocable del incansable pueblo peronista de luchar por el regreso de aquel caudillo que supo hacer de ellos el sujeto social de un proyecto político por primera vez en la historia.

De esta confrontación de dos perspectivas, de dos proyectos políticos antagónicos, se desprende la primera apreciación que puede hacerse acerca de una continuidad en el armado ideológico de la derecha argentina, hoy fielmente representada por un amplio sector de la dirigencia de Cambiemos. Este se trata del complejo de inferioridad nacional que se esconde detrás de  las políticas “pro-mercado” que lleva a cabo el actual gobierno, bajo el comentario constante de no estar a la altura de sus condiciones. Esa persistente idea de no estar a la altura de la mirada de afuera, de querer vivir bajo estándares importados con recetas prestadas y costumbres impuestas marca el comportamiento de los gobiernos neoliberales a lo largo de nuestra historia. No hay diferencia entre las pretensiones parisinas de la oligarquía porteña de la década de 1880 y el comportamiento especulativo de los grupos financieros concentrados del siglo XXI.

Tanto en la década de 1880 como en los tiempos actuales existe una doble vara: hacia adentro, el otro, el representado por las políticas nacional-populistas, es visto a partir de la dicotomía sarmientina “civilización o barbarie”; hacia afuera, el mediopelo descripto sabiamente por Arturo Jauretche, el que nunca se siente a la altura de aquella élite a la que se quiere parecer. De esta impotencia surge la política de la insensibilidad y la discriminación hacia las clases subalternas, un intento de borrar de la historia sus luchas, su presencia incomoda y sus constantes demandas de un Estado presente que no cuaja con la concepción de aquellos que perciben a este aparato como un mínimo mediador de las relaciones de dominación económica que llevan a cabo. Quizá es por ello que la carta escrita por el presidente Macri con 10 puntos para asegurar la “gobernabilidad” apela a la “madurez” y la “modernización” en variadas ocasiones, como si dejara atrás un época de retraso y brutalidad, de barbarie y choripanes, solo posible de superar a partir de la racionalidad representada por un gabinete de muy encumbrados CEO´s reconocidos por su trabajo en centros financieros cual Wall Street.

Demás está decir que los 10 puntos del acuerdo unilateral de la derecha argentina no tienen en cuenta nada más que la tranquilidad de los acreedores externos, de los timberos y el FMI, sin considerar en ninguno de sus puntos acuerdos de precios serios, un pacto social que englobe sectores del sindicalismo y del empresariado (sobre todo el PyME) y el bienestar de los trabajadores y jubilados. Intenta romantizar las reformas previsional y laboral que piden los mercados para esa inserción, que no es más que un condicionamiento previo, una preparación del terreno, para que dicha inserción sea en los términos que se han pedido históricamente para los países de la periferia: exportadores de materias primas e importadores de manufacturas. Esta división internacional del trabajo cuenta con una veta moderna, que es la que busca la consolidación de un modelo de especulación que aprovecha la debilidad del sistema financiero argentino como una oportunidad de negocios de una minoría concentrada que, dicho sea de paso, disfruta actualmente del manejo de la cosa pública.

De esta forma no parece haber habido un cambio ideológico en el antiperonismo gobernante entre la revolución “fusiladora” y el gobierno hoy vigente. Por el otro lado, lo que otrora fuera ese grito de reconocimiento de la soberanía popular, de certeza de la existencia, de primacía del concepto de lugar por sobre el de espacio o el “no-lugar” (ver Marc Augé, 1992), de lo particular por sobre lo globalizante (algo que debe leerse como “occidentalizante”), se convirtió lentamente en una pasividad peligrosa. De esta forma se pone en juego una coyuntura que llama a todo el campo nacional, popular y democrático a no bajar los brazos en la resistencia contra el modelo de hambre y exclusión (tanto material como simbólica) que plantea el Macrismo en su intento fallido de inserción y a aprender a pensar por fuera de las lógicas discursivas que plantea este gobierno.

No es correcto ni bueno para el sostenimiento de un proyecto emancipatorio, aun desde la oposición, pensar en términos neoliberales, dar debates planteados por el mismo neoliberalismo y vivir dentro de su verdad (sin duda la puja política es, en última instancia, eso, una relación entre verdades antagónicas). La pregunta por el nivel de gasto público, por solo citar un ejemplo, no debería responderse en términos de usurpación del fruto del trabajo propio y de socavamiento de las libertades individuales (no es algo inexistente, sino que es un pensamiento ampliamente representado por personales mediáticos como Javier Milei o José Luis Espert), porque estaríamos aceptando, implícitamente, que eso que el capitalismo establece como libertad (libertad de asociación sobre todas las cosas) es, sin más, LA libertad. Es decir que, en última instancia, uno se encuentra jugando el juego del otro. Es esa idea de libertad la que responde a la consolidación del capitalismo y la necesidad de los derechos burgueses como inalienables para su sustentación. De esta misma manera sería también errada la forma en que se encararon temas que iban mucho más allá que la mera administración del Estado como la Ley de Fertilización Asistida o el reciente debate por la despenalización del aborto, a las cuales muchos se les opusieron por temas presupuestarios.

Para concluir, y retomando nuestro hilo principal, aquello que Villa Margarita expreso allá por 1955, ese grito por la soberanía, por el reconocimiento, representa la constante puja entre las dos verdades constituyentes de la historia argentina hoy representadas por el antiperonismo vs. el peronismo, pero que supo tomar variadas formas y puede reducirse a lo antes nombrado como “civilización vs. barbarie”. Es decir, un proyecto de país “civilizado” pero impotente, que se construye a partir de la mirada del extranjero con un gran sesgo clasista y racista hacia adentro, contra un proyecto que recupera y realza lo autóctono y busca empoderarlo.  Es esta puja la que debe recuperarse y reconstituirse. Si no somos capaces de sostener una discusión profunda que afecte la formación simbólica del cipayismo macrista, nos veremos reducidos a discusiones de menor envergadura como la amplitud de la asistencia social, por ejemplo (no es que esto sea un tema menor, pero claramente no es más que una situación coyuntural que no ataca la superestructura ideológica de la derecha argentina). De esta forma y recuperando el espíritu combativo de la época de la resistencia es como se podrá derrotar de forma significativa a la derecha para reemplazarla por un proyecto que verdaderamente se sitúe en las antípodas, recuperando las banderas de la emancipación: justicia social, independencia económica y soberanía política.

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