Semana del orgullo LGBT+, Te interesa

Soy Luciano y soy trans

Nunca me di cuenta porque no me interesaba, solo era yo. La pregunta no estaba explícita en mi cabeza, y sin embargo, nunca terminé de sentir que encajaba en el espacio que yo tenía que ocupar, cuando no era necesario. Ahora lo sé, pero en ese momento no. Necesitaba encajar en algún lado por mínimo que fuera.

Recuerdo que durante la primaria las maestras me retaban y se quejaban entre ellas de mí, por ser “la marimacho” del grado, por jugar con los chicos y no con las chicas, por ser brusco con ellos, por correr y jugar a la pelota con la botella en el patio del colegio.

Fuimos creciendo y  me di cuenta que para ellos (mis compañeros) no era su amigo, noté que las diferencias entre nosotros eran cada vez mayores y me sentí mal. Estos cambios en mi cuerpo no eran agradables, no para mí.

Cuando ingresamos a la secundaria, seguía sin planteármelo, pues no sabía que este tipo de cosas existían, jamás me hablaron de lo que estaba sintiendo en el colegio, no sabía que era posible que mi género no coincidiera, no sabía que esa posibilidad si quiera existiera.

Tampoco es como que pensara mucho en ello. Me sumergí en los libros que fueron mi escapatoria y el lugar donde me escondía, leí tanto en pos de ignorar las cosas, las situaciones, los comentarios, los cambios de mi cuerpo, me sentía a salvo allí dentro. Esto duró varios años, ciertamente llegó un punto en que mis amigue se cansaron y no me hablaban justamente porque yo, sumergido como estaba, tampoco les hablaba.

El tiempo pasó y mi pecho ya no podía ocultarse con remeras grandes,  fue ahí que comencé a usar la faja, no lo había leído en ningún lado, pero aplanaba mi pecho.

Era obvio, pero no quería aceptarlo porque eso tiraría abajo todo lo que yo supuestamente era y eso daba miedo.

Me costaba respirar, me faltaba el aire, y un dolor punzante me pinchaba en el pecho. Mientras más buscaba aplanarlo y más cómodo me sentía, más comprimía mi tórax y más dolía, sin embargo, no sabía si el dolor era físico por la faja que apretaba mis costillas y no me dejaba respirar o por el terrible miedo y desesperación de evitar y evadir el rechazo, no quería lidiar con las consecuencias de aceptarlo.

Fue entonces que lo pensé. Pensé que las personas tenían razón, tal vez yo estaba mal, quizás había “errado mi camino”, tal vez debía resignarme por que era “hermosa tal cual era”, puede que así me sentiría mejor. Me compré corpiños armados que levantaran mis “pechos”, mi mamá me decía que si no los usaba se me iban a caer las tetas y eso está muy mal. Juro que nunca me sentí tan fuera de lugar .¿Qué mierda estaba haciendo? Ese no era yo y no me gustaba para nada, pero no quería que mi familia ni mis amigos ni nadie se enterara, el miedo e inseguridad era tal que me cegaba y me cerraba  la posibilidad de contárselo incluso a mis amiges.

En un momento dado, me hice amigo de una chica nueva en el colegio, fue fácil congeniar con ella. Al ser recién llegada, podía presentarme como yo quisiera, pero no pude y me calle. En mi último año de colegio, mis compañeros insistían en que les contará, finalmente les dije que el último día de clases les iba a contar, de manera tal que si todo salía mal no los volvería a ver. Cuando ese día llego, me acobardé. No quería perder su amistad, sentía que la necesitaba con desesperación. Les mentí, preferí inventarme una sexualidad diferente a la que realmente tenía obviando totalmente el tema de mi género auto-percibido, no me creyeron.

Finalmente les dije la verdad.  Ellos ya la sabían, ya se la veían venir. Se  enteró todo mi grupo en pleno local de comida rápida.

El día que decidí contárselo a mi familia, fue en navidad. Recuerdo, que luego de haberlo admitido llore más que nunca. Sin embargo, con el tiempo supongo que se acostumbraron. Al final a mis amigos no les importo y a mi familia, con el tiempo discutimos menos.

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