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La estrategia del llanto

Me siento en el balcón a llorar. No tengo miedo al llanto. Ni tampoco a este duelo por una historia amorosa. Lo que duelo, ahora lo comprendo, es el fin de mi juventud, de los planes para … de los viajes por… Lo que fui cuando había otro que me hacía sentir cada parte de las células. “El amor no dejará de doler, lo que queremos es el fin de la crueldad”, leí el 14 de febrero en un estado de Facebook. Así que acepto que este desamor es político, como lo es la construcción del amor como una estrategia de dominación. “No hay amor más grande que dar la vida por el prójimo”, dicen las escrituras y en el proyecto aniquila toda posibilidad de relación que no esté basada en la potencia de uno sobre otro.

Levanto la vista de la escritura, que es refugio y posibilidad de respirar, miro hacia la vereda de enfrente, el amor pasa de la mano en dos chicos que se arrebatan besos, el desamor también y me congela. Una familia entera revuelve el tacho de basura, un grupo de caminantes en harapos emergen desde la “zona jodida” hacia el centro, son los fantasmas que pueblan la noche, que se transfiguran entre las sobras.

El desamor, me repito, es político.

Mi padre, cuenta con orgullo, que salió a trabajar desde que era niño. No hay desamparo mayor que ese, en lugar de juegos, de educación, de abrazos, de travesuras, tuvo que salir a ganarse el pan, a tener un peso de más en su bolsillo. Mi padre, como tantes, trabajó toda su vida en negro, sin seguro laboral, sometido al pago o no de quienes lo contrataban. Ese desamor, ese desamparo, ese tener que hacerse fuerte se transfirió hacia nosotras, construyó a mi padre como un ser lejano. Porque quién cree que los temores, que el hambre, que la desesperación no pasa hacia les hijes, se equivoca, somos una construcción que se tensa con nuestros antepasados.

El acto de amor que reivindicó, todo su trabajo en negro fue la posibilidad de acceder a una jubilación.

Entonces me pienso mujer, en mi abuela, en mi madre, en el rol de ama de casa, en el discurso de que el amor es tener la ropa limpia, la comida caliente, la casa impecable, mientras el hombre o los hombres de la casa debían construirse hacia fuera.

El gesto de amor que reivindicó, ese trabajo, fue la jubilación de amas de casa. Entonces el amor se pudo ubicar en otro lugar.

Querer no puede costar trabajo. Dice y repite el feminismo “Amor o nada”.

Pienso rápido gestos de amor:

No reprimir durante las manifestaciones. El amor, tiene que dejar ese lugar para construir el grito, el reproche, el pedido por el cumplimiento de posibilidades que nos contemple dentro, sin por eso ejercer la crueldad aleccionadora sobre los cuerpos y las cuerpas.

Asignación universal por hijo ¿Qué acto de amor puede ser mayor que asegurar un calendario de vacunas? ¿Educación? ¿Comida?

¿Qué diferente hubiese sido la vida de mi padre? Y ¿La mía? Porque la posibilidad de una generación también es la estabilidad de las generaciones siguientes.

Matrimonio Igualitario.  Porque ¿Hay acaso un mejor acto de amor que aquel que ofrece las garantías para las decisiones de cada une?

Ley de identidad de género. ¿Hay algo más increíble que nombrarse con la sexualidad auto percibida?

Y acá hago un ejercicio desde hace un tiempo, poderoso y radical, me aprendo a llamar, me apodero, me cuestiono mis privilegios, me acepto un poco monstruo. Ese es el aprendizaje más maravilloso que como un acto de amor irrepetible nos dan trans y travestis.

Podría seguir enumerando gestos de amor que por muy extraño que parezca, suscitaron el clamor por el desamor, dejaron los pies al aire de la columna vertebral del amor entendido como todo para mí. Empujaron la contrapartida, un desamor que se apodera de los medios, que come y fomenta la destrucción. Un desamor que se regodea en la familia que revuelve la basura, en los fantasmas que pueblan la avenida pidiendo monedas, con la vida reventada por las drogas y el alcohol más barato, con la vida al filo de las navajas, facas o cuchillos que pueden usar porque nada tiene valor. El desamor sin educación pública gratuita y de calidad, con docentes sobrepasados por la desesperación.

En el discurso de poner la otra mejilla, nadie habló de la desesperación, del hambre de les hijes en la cuna, de la bronca provocada por las diferencias, de la vida echada a suerte en la ruleta rusa de quiénes pueden zafarla y quiénes no. La política, del desamor, no contempla otra cosa que la peor cara del amor, de la violencia que incendia mujeres, de la violencia que acuchilla a trans y travestis, de la segregación. Del uso y consumo del otre, como carne disponible para trabajo esclavo, para trabajo en negro. Descartable.

Respiro.

Un duelo amoroso provoca un replanteo. La intimidad es política, a quiénes amamos, a cómo los amamos es parte de una manera de construcción del amor, que, aunque no quiéranos tiene su anclaje histórico y social.

Pero en realidad, pretendía escribirte a vos, al tiempo de los proyectos posibles, sin angustias, al proyecto de pensar salas dónde actuar, maneras de reír, a esas formas que traían la esperanza y pensamos que eran sólo de nosotros. Quiero decirte que ahora escribo nosotres, que ahora cuando todo falla, cuando todo el amor del mundo falla, cuando como hoy duelo, cuando pongo en evidencia tu crueldad inevitable, vos tan revolución setentista, yo tan chica pobre de época Menemista. Cuando me acribillo de tanto yo, hago el ejercicio que me enseñaste y miro más allá, de mi ombligo, de mi condición de privilegio. Porque si leer, escribir, comer más o menos seguido, qué alguna vez a alguien se le escaparan gestos de ternura durante la infancia me inscribe como alguien con privilegios y ahora aprendo que ser “Cis” también lo hace. Te decía, hago este ejercicio, para ver que al final como dice, Luciana Peker, en Putita golosa; “creemos que para amar hay que sufrir” (148) Y eso se parece tanto a pensar en el concepto de merecer, a los gritos de: vayan a laburar, agarren una pala, con la idea de que cualquier gesto de amor constructivo en las calles, de disfrute y de goce debe ser pago, debe ser a costa de… Entonces me permite este duelo, esta necesidad de reaprender. De volver a creer en los gestos del amor los personales y los políticos.

Así que ya ves, hagamos un pacto, por una o varias cervezas olvidemos que vos y yo … Y pensemos en los gestos de amor que supimos festejar, en los que ni soñamos que pasarían y en que todavía es posible aquello de que: EL AMOR VENCE AL ODIO.

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