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El poder de los símbolos, el capital de la complicidad

La subestimación de los símbolos y su banalización en términos de moda se destruye cada vez que se encuentra una historia como la que nos regala Claudia Almada con la delicadeza de su palabra y con el amor de todo su cuerpo.

El sol ya nos hace quedar quietitos, me dice le niñe, bajo la sombra del árbol de la escuela.

Así sentades ambos, repasamos un poco lo de sus dibujos favoritos, sus juegos de internet, sus intenciones y las mías de dormir muchas muchas horas.

Hablamos de eso cuando sentimos un llanto, miro buscando une niñe. Pero veo a una maestra con una madre embarazada y une niñe aferrada a su  mano.

Nos sorprendemos pero de a poco voy entendiendo, cuando la mujer le dice, fui a la comisaria y lo denuncié, no puede sacar a la nena. También cuando la “seño del grado” viene y se la lleva y esta otra maestra, intenta calmar a la mujer embarazada.

“Yo no sabía”, dice la señora, no sabía que la tocaba, “lo juro”, entonces la maestra me mira a mí que sostengo la mano de le niñe muy fuerte y este parece que no escucha pero yo sé que todo eso se le mete bajo la piel. Su cuerpo se acerca al mío y yo le sostengo fuerte la mano. Pienso que nos une, quisiera que nada le pase que no se entere de la violencia que no está en los juegos pero la verdad es otra cosa y también necesitan verla.

Logra sentarla, le dice que van a esperar que ya llamaron a alguien, que ya viene.

Cuando les niñes entran, la maestra me intercepta para pedirme si puedo ir a comprarles agua fresca. Claro, voy al kiosco vuelvo con algo dulce, algo salado, agua. Me acerco despacio.

Ya veo que hay una chica hablando con la mujer, entonces alcanzo a sentirla quietita en el sol, cuando me recibe todo y la noto confusa,  su ojo morado.

Camino hasta la puerta con la maestra, no pregunto, de sobra ya sé lo que pasa, lo veo en el cuerpo y en la mirada de la niña que la seño acaba de entrar.  Paradas tragamos algo, ojalá la sombra fuera sólo la del árbol y no esto que se acumula en el cuerpo como la brea del asfalto caliente.

La maestra que no aguanta un minuto más, me cuenta: la alumna vio su pañuelo verde dentro de la cartera, se le acercó para contarle como el dueño de la casa en la que viven, con la complicidad de su padre, la llama por las tardecitas para tocarla.

No quiero escuchar más, pero ella no puede parar de hablar me  dice que su alumna juraba que él estaba enamorado, que siempre le decía que estaba enamorado de ella, pero en una clase en la que a través de la literatura abordaban la ESI, se dio cuenta que pasaba otra cosa y qué estaba “bien” sentirse enojada por eso.

La clase fue a principio de año me dice, la seño, debería haberme dado cuenta antes. No llora, está curtida, la escuela pública es el refugio de la diversidad, de los que van por izquierda, de los excluidos, a la escuela  pública “se cae” y se la aprende a amar y a defender, eso también me dice la maestra, amar y defender a les niñes.

Y  antes de irme le digo, el pañuelo verde es red, es la señal de que no estamos solas ¿Te das cuenta?  Antes une no sabía a quién encontrar, tienen suerte, la madre, ella, tienen suerte de tener una a maestra como vos.  Después me voy tratando de pensar cuántas de nosotras se sintió abusada, tuvo miedo, sufrió violencia de algún tipo y no se animó a decirle a nadie. Porque incluso en la escuela había una legitimación del patriarcado.

Mientras espero para cruzar la calle, una mujer  muy coqueta, con el brazo quebrado, el pañuelo con el que se sostiene con la bandera de la diversidad y cosido prolijamente el pañuelo verde, pasa por mi lado y las dos decimos  ¡Se va a caer! Como una contraseña ante la mirada de burla de los machos que pasan.

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