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Cuando la TV te insulta

Existen los más y los menos, pero cada día es más evidente que la TV nos escupe en la cara un rosario de insultos diarios a nuestra capacidad de pensar. Cruzarse con la caja boba y sentirse insultado por casi cualquier programa es un signo de buena salud.

Forma parte de una crítica general los contenidos que se suelen consumir en la televisión argentina. La revisión de las estructuras comunicacionales y la construcción de discurso de los medios de comunicación ha estado en revisión desde hace no mucho tiempo en nuestro país. Para algunos es nuevo esto de criticar el mensaje, desnudar de una inocencia que nunca tuvo el discurso que se nos impone desde la caja boba. Si bien, aún existe una masa acrítica que consume sin revisar y dicta valor de verdad sólo porque “lo dijeron en la tele”, día a día se pueden observar cada vez más ojos atentos a lo que ven y oídos más despiertos a la construcción de verdad que se afirma y se impone sobre dos bases fundamentales: la conciencia acrítica y la repetición.

En algún momento se comenzó por criticar a “la novela de las 2 de la tarde”. Ese formato de culebrón que lejos estuvo y está de reflejar las realidades de la masa que lo consume. Pero no sólo eso, construye un discurso aparentemente inocente en el cual muchas veces “nos reímos” de lo básico de sus actuaciones, de lo predecible de la historia, pero aún así este tipo de formato sigue cooptando las conciencias de las y los consumidores sujetados de un hábito construído en el tiempo, la TV siempre prendida. Luego llegó la hora de los programas de archivo, esos programas que confrontaban el discurso de personajes de la TV. Este formato puso al desnudo lo obvio de los intereses de quienes hablan y sólo quedaba un paso más para observar a quienes respondían esos intereses. Resultó abrumadora la TV de archivo en estos términos, la incongruencia se hizo obscena y hubo quienes dejamos de creerle a la caja boba.

Desde la mayor subjetividad, podríamos aventurarnos a decir que las generaciones más jóvenes, que crecieron durante estos procesos, están un poco más atentas a la manipulación intencional, a la construcción de un sentido común impuesto por una minoría y acatado pasivamente por la mayoría. La era de la desinformación por exceso de información ha puesto sobre la mesa la necesidad de que la población general goce de conciencia crítica. Nos “informan” permanentemente, nos cuentan todo el tiempo, nos construyen el pensamiento, el sentido común. De ahí viene la idea de postverdad, termino que ha tenido buena aceptación a pesar de que cuestiona la base fundacional de “lo que dice la gente”.

En este contexto, apagar la TV se vuelve un hecho revolucionario. Apagar la TV hoy significa volver a preguntarse, reinsertarse en el mundo de la duda y la conciencia crítica. También es cierto que existe y va a existir un sector que se resiste a la pregunta, que no prefiere preguntarse y hasta podríamos decir, que no puede preguntarse. No podría vivir, este último sector, de la misma manera que lo hace, si callara la caja boba, la que le dice que está bien vivir deseando una vida que no tiene, llevándolo a defender posiciones e intereses que no le son propios.

Lo que sí puede afirmar quien escribe y sustentado solamente en la experiencia personal, subjetiva y sumamente criticable, que cuando se logra apagar la TV, se comienza a construir la verdad desde los hechos, los propios, los que suceden acá y ahora. Eso modifica mucho el juego de posibilidades, ya que la transformación o no de lo que uno hace está a la mano, no hay más excusas. El “me gustaría”, el “tendría que” y todos los potenciales habidos y por haber se tuercen ante esa construcción de realidad. Porque justamente lo que se cae es “el después”, uno se cansa de seguir esperando, algo que tampoco sabe muy bien qué es, y toma decisiones.

Para terminar este texto voy a decir que la idea del “después” es abrumadoramente funcional a una vida de postergación y fundamentalmente, a una vida que acepta, no critica, ni deconstruye, “es lo que me tocó”.

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